miércoles, 3 de diciembre de 2008

El día que mi viejo se enteró que fumaba porro


Me acuerdo que era enero y hacía mucho calor. Me desperté y lo llamé a Marco para ver si se le había ocurrido alguna forma de no estar todo el sábado encerrados en la jungla. Dijo que en su country no había nadie, que me pasaba a buscar, comíamos algo, tomábamos sol y cerveza y veíamos a Racing. Me pareció un gran plan así que accedí sin más preguntas; en casa no mentí: dije que me iba al country de Marco a ver a Racing.

Lo de Marco estuvo bien, pero tomamos y fumamos demasiado. Llegué a mi casa a eso de las cinco de la mañana totalmente destruido. Aproveché que mis viejos se habían ido a un casamiento y me metí en su baño para asearme cómodamente. Fue acá donde comenzó el principio del fin, o del principio, ustedes decidirán después. En la cómoda del baño dejé una caja de puchos que contenía un porro, unas sedas, un cigarrillo (para caretearla vió) y una pipa. Sin darme cuenta me fui a dormir tranquilo y feliz.

A la mañana siguiente (eran las tres de la tarde por lo menos) salté de la cama completamente transpirado al grito de “¡Los puchos!”. En calzoncillos fui corriendo al baño de mis viejos y no vi lo que tanto temía no ver: la caja de cigarrillos había desaparecido. Tuve la esperanza de que alguno de mis hermanos la hubiera encontrado y escondido por mí, pero ninguno de ellos sabía de qué estaba hablando; me hice el boludo y me senté en el living a ver el partido de los pumas con mi hermano. En el interín aparecieron mis viejos, que casi sin saludar se encerraron en su cuarto a ver el partido. Se había podrido todo, no hay nada peor que la indiferencia. Sin embargo minutos después los escuché riéndose a carcajadas en el cuarto, con lo cual entendí que quizás nada de lo que yo suponía había pasado. Entré en el cuarto pensando que sería mejor comerme un sermón estando ellos de buen humor. Dije algo sobre el partido pero ellos se seguían riendo; mi viejo intentó rescatarse y establecer un diálogo, pero al minuto estaba otra vez riendo cómplicemente con mi vieja. Todas mis hipótesis habían sido rechazadas, ahora manejaba otras bastante más bizarras.

El lunes a la mañana terminé de desayunar y listo para salir a laburar abrí la puerta y me acomodé el traje en el espejo del palier. En eso escucho que mi viejo se levanta. Lo veo y lo saludo; él me hace una seña para que espere, va hasta una cajita que había en el living, una de esas que hay en todas las casas, cajas que no sirven para nada, ornamentos poco prácticos. De ahí saca la famosa caja de puchos y se limita a aconsejarme: “Tené cuidado, si te agarra la policía con esto es un escracho”. No dije nada y me metí en el ascensor. Lo primero fue abrir la caja de puchos, ahí comprobé mi teoría: el porro no estaba, se lo habían fumado todo.

Nunca más se habló el tema, pero el sábado pasado le dije a mi viejo:
-Pá, me voy a ver el partido de Racing al country de Marco-
A lo que contestó con una sonrisa cómplice:
-¡Pero si Racing jugó el miércoles!-
Qué grande mi viejo.

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